¿Soy una profesional híbrida?

Cada vez que me toca presentarme, decir lo que hago y lo que no, qué estudié y demás cuestiones afines, siempre me pregunto si los demás ven sobre mi cabeza el mismo cartel que yo: uno con luz de neón roja que dice «híbrido».

Dudo mucho que llegue a saber si el cartel resulta obvio o si más bien no se percibe en lo absoluto, pero no por ello dejo de preguntármelo ni de imaginarme los pros y los contras de las posibles repuestas.

«Híbrido» es una palabra que a menudo me hace sentir en movimiento, como si estuviese recorriendo un auténtico camino de aventuras cuyo final siempre está más allá del horizonte. También me hace sentir orgullosa de la manera en que he vivido esas aventuras, así como de las aptitudes que he conseguido desarrollar con las herramientas que he tenido a mi alcance, las experiencias que he tenido, lo que he perdido y lo que he ganado, y de lo único que todo ello resulta.

Desde mi punto de vista, la hibridez no sería solamente el ‘producto de elementos de distinta naturaleza’, como indica la segunda acepción del Diccionario de la lengua española. También sería el reflejo de una serie de cambios -en su mayoría no buscados- y adaptaciones que, a fin de cuentas, otorga una forma particular de desenvolverse en el mundo que resulta, cuanto menos, curiosa.

Pero no siempre he pensado así.

Cuando era niña simplemente decía que quería ser escritora. Para lograrlo siempre se me ocurrían caminos diferentes y yo daba por hecho que bastaba con elegirlos para que me ayudaran a conseguir lo que quería. Por supuesto, escribía a menudo, casi a diario, pero pensaba que estudiar una carrera -que siempre cambiaba según las biografías de los autores que me llamaban la atención en un momento y otro- era la cima de todo.

Conforme fui creciendo, me enseñaron a pensar que tenía que hacer planes y elegir «caminos seguros» para conseguir una vida estable, más que para disfrutar de lo que me gustaba hacer. Esto último siempre era una especie de placer secundario, y luego, por cuestiones como la situación de mi país natal, se convirtió en un capricho. Así, poco a poco caló en mí la idea de que tenía que ser útil por encima de todo y que cualquier inquietud que pudiese surgir acerca de cómo conseguirlo debía ser resuelta rápido y de manera eficaz.

Es cierto que siempre tuve apoyo de mis seres queridos y mucha suerte dentro de lo que cabe, pero aún así, a menudo tuve que dejar ir muchas cosas para seguir adelante y -supuestamente- visualizar esa línea recta, ese plan bien estructurado que me haría ser útil, estable e independiente. Sin embargo, nunca vi la dichosa línea recta. Eso sí, me la intenté imaginar bastante y puse mucho empeño en hacer lo mejor que podía en cada circunstancia para ir tras ella. No era exactamente Sísifo empujando la piedra, ni Ícaro volando demasiado cerca del sol, pero por ahí iba la cosa.

Por ese empeño en encontrar la línea recta, durante mucho tiempo creí que cada vez que me adaptaba a un cambio, me alejaba más de ella y que poco a poco me convertía en un híbrido a nivel profesional. También creía que ser un híbrido era algo vergonzoso, prácticamente un estigma porque podía hacerme ver poco preparada, azarosa, incompleta y hasta impropia, pero me equivoqué.

Ninguno de mis intentos de «planes» se cumplió como yo lo imaginé en su momento y, para mi gran alegría, los resultados de todos los cambios implicados aún me sorprenden gratamente. Así, cuando repaso mi currículum, veo la película de lo que ha sido mi vida y se me pasa un poquito el síndrome del impostor. Luego pienso en quién soy hoy por hoy, lo bueno que puedo ofrecer a quien se acerca a mí, y siento una oleada de emoción, fuerza y ganas de seguir escalando las montañas de ese mundo de aventuras que parece infinito y que está hecho de líneas curvas por todas partes.

En la vida real el camino no siempre es recto, sino más bien sinuoso, y por eso mismo, inesperado. Por esto mismo, la hibridez no es rara. Más bien es bastante común. No soy la única que ha empezado en A y terminado felizmente en H o X, e historias sobre híbridos profesionales hay muchas más de las que se admiten y cuentan.

Yo decidí contar la mía aquí, a grandes rasgos, para recordarme que no tengo por qué sentirme fuera de sitio o incompleta con cada cambio, sino más bien abrazar la idea de que cada uno me ofrece una oportunidad de vivir una experiencia única, mantenerme en movimiento, salir de mi zona de confort, aprender, ser una persona capaz de ponerse en varios pares de zapatos y, por encima de todo, repensarlo todo y no quedarme nunca con una sola respuesta ni darle cuerda a la sensación fantasma de intrusismo.

¿Me habría gustado estudiar una carrera, hacer una especialización, alcanzar un doctorado en la misma área y luego desarrollarme profesionalmente de acuerdo a una bonita línea recta? Sí, hace tiempo sí me habría gustado porque eso se acercaba bastante a la idea de «camino seguro» y me daba sensación de control. Pero ya no.

Los cambios, las curvas y los giros me moldearon y me enseñaron mucho más que cualquier plan perfectamente elaborado y ejecutado. También me hicieron despertar, aprovechar todo lo que sí he tenido y darle el máximo valor que se me ha ocurrido a cada paso mientras soltaba poco a poco los prejuicios entorno a esa palabra que hoy no solo me ayuda a definirme a mí, sino a muchos otros profesionales: «híbrido».

Consejos para el teletrabajo

¡Hola! No, no he descubierto el agua tibia, pero he decidido compartirla de todos modos. ¿Sabes por qué? Porque me he dado cuenta de que a diario es posible que ni tú ni yo le demos la suficiente importancia a esos sencillos gestos que nos dan oxígeno y nos ayudan a mantenernos enfocados.

Para que no te descuides y a media mañana quedes como el doble de Tom Hanks en «Náufrago», a continuación te compartiré algunos de los consejos que considero indispensables para sobrellevar la jornada laboral y avanzar a buen ritmo.

¡Cuídate siempre!

¿Qué es un texto de calidad?

Escribir un texto de calidad, que pueda leerse «bien», no es cuestión de robar un par de ideas al azar de cualquier rincón de Google, parafrasearlas o camuflarlas con algunos adjetivos pomposos e intentar estirarlas al máximo para que hagan bulto y quede cubierta la cantidad mínima de palabras solicitada. Esto puede parecer una obviedad, pero lo cierto es que a menudo me he encontrado con contenido vacío, plagiado y que encima carece de naturalidad.

Cuando una persona no entiende lo que está escribiendo, sino que está cumpliendo un encargo y ya, se nota (y mucho). El lector siente que lucha contra cada párrafo, no encuentra rastro alguno del hilo entre una idea y otra y hasta puede que se sienta tonto intentándolo. Lo peor es que, aún si llega hasta el final, sentirá que el texto no le ha dejado nada y al poco tiempo, lo olvidará. Pesado; difícil; forzado; enredado son algunos calificativos que puede mencionar si le preguntan luego qué tal le pareció.

En cambio, cuando una persona se ha tomado el tiempo suficiente para investigar, ordenar sus ideas y escribir con su propia voz y naturalidad, otro gallo canta. El hilo conductor resplandece, las palabras no parecen un decorado kitsch, sino que transmiten las ideas de forma clara y precisa, y al final el lector siente que el texto le ha dejado algo.

La gran mayoría de las veces, esa fluidez, esa naturalidad no son producto del primer o el segundo borrador, sino de los cambios que se realizaron en las diversas fases de corrección y revisión. Por ello, resulta positivo tomar cierta distancia del borrador para después retomarlo, y darle tantas vueltas como sea necesario antes de entregar la versión definitiva.

Soy de las que cree que para evitar lo estrambótico y brindar al lector un texto de calidad, hay que corregirlo y revisarlo varias veces. Por ello, no hay que tenerle tanto miedo a los cambios ni casarse con la prisa. Además, la naturalidad se «deja ver» gracias a las correcciones y revisiones.